A veces, lo más complejo de ponerse a dieta es, precisamente, decidir empezar. ¿Por dónde rayos empiezo? ¿Cuántas veces nos hemos hecho esa pregunta mientras miramos a la nevera, dudando entre la tentadora tarta de chocolate y el frasco de quinoa sin abrir? Si vives en el eje cafetero es probable que más de una vez hayas escuchado hablar sobre la dietética Caldas como opción para alcanzar esos propósitos de año nuevo que, curiosamente, parecen tener la extraña habilidad de reaparecer cada 31 de diciembre. Pero, ¿qué se esconde realmente detrás de una buena orientación en temas alimenticios y por qué darle una oportunidad a que un profesional te acompañe en el proceso puede hacer la diferencia entre el “empecé la dieta el lunes pasado” y un auténtico “me siento fabuloso y lleno de energía”?
Lo cierto es que comer sano no es solo una cuestión de moda, ni de cumplir con estándares estéticos de las redes sociales; estamos hablando de energía diaria, vitalidad para enfrentar el trabajo, y hasta de buen humor. Porque sí, lo que comes puede hacer que el mundo parezca mucho más amable – o, si lo haces mal, que te conviertas en el ogro de la oficina a media tarde. Entender cómo equilibrar los macronutrientes y micronutrientes parece algo reservado para nutricionistas con mil títulos, pero no necesitas ser un genio para notar que un desayuno hecho a base de café y galletas, inevitablemente, te pasará factura antes del almuerzo.
La clave está en personalizar. Si eres de los que creen que todos deberían comer exactamente lo mismo, permíteme decirte algo: ni siquiera los gemelos idénticos tienen los mismos antojos. Imagina que tienes una cita con una especialista en alimentación, alguien capaz de descifrar tus costumbres, tus niveles de energía y tus objetivos personales para darte una guía a medida. Es como si te estuvieran entregando un GPS para navegar el supermercado y salir ganando. Puede que, de entrada, te propongan revisar ingredientes que nunca habías sospechado que existían, pero también es probable que te den permiso de comer papaya cuando te dé la gana – y eso, queridos lectores, es un pequeño placer democrático.
Claro, el camino no está exento de obstáculos. Por ejemplo, el bendito momento en que te dicen que el pan blanco no es el mejor amigo de tu índice glicémico. En ese punto, uno recuerda con nostalgia las onces de infancia. Pero, la buena noticia es que una orientación profesional no se trata de prohibiciones draconianas o sentencias de por vida a la lechuga – al contrario, se busca adaptar tus preferencias y tradiciones alimenticias de una manera que realmente disfrutes el proceso. Porque sí, es posible deleitarse con una bandeja paisa moderada, sin sentir que has condenado a tu hígado.
Ser conscientes de nuestras elecciones alimenticias nunca ha sido tan importante como ahora. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de tentaciones y comidas exprés cuyo atractivo reside, más que en sus nutrientes, en sus adictivos colores y empaques. Sin embargo, cuando te das la oportunidad de explorar alternativas, poner a prueba nuevos sabores y notar los cambios en tu ánimo y tu vitalidad, difícilmente querrás regresar a la comida ultra procesada, aunque siga sonando el llamado de las papas fritas en momentos de crisis existencial.
Tampoco olvidemos cómo el entorno social influye en nuestras decisiones. La comida es un pretexto para encontrarse, celebrar y a veces hasta para consolarse después de una jornada particularmente complicada. Socializar no tiene por qué ser incompatible con una vida saludable; es más, se puede ser la sensación en reuniones compartiendo postres balanceados que, sorpresa, también pueden tener buen sabor y no arruinar tu plan de alimentación.
El mundo de la alimentación ajustada a cada persona tiene algo de ciencia y mucho de arte. Compartir la responsabilidad con un experto que sepa guiar y motivar reduce los sentimientos de culpa y nos aleja del clásico ciclo de abandono y arrepentimiento. Una vez te decides a no improvisar y dejas de seguir el consejo dudoso del amigo del amigo que juró perder cinco kilos comiendo solo gelatina, todo adquiere un significado diferente. Comer bien deja de ser un martirio y se convierte en un acto de autocuidado, en una promesa diaria de bienestar. Así, la próxima vez que mires tu nevera, sabrás que las opciones allí dentro pueden hacer mucho más que simplemente llenar tu plato.