La alarma sonó mucho antes de que el sol considerase siquiera escalar las colinas que rodean Santiago. Era el primer día. Para el nuevo empleado, el trayecto hacia el Aeropuerto Rosalía de Castro-Lavacolla no estuvo marcado por la emoción de un viaje, sino por la metódica concentración de quien va a trabajar. El denso orballo de la mañana santiaguesa envolvía la terminal mientras él se dirigía, no a la puerta de embarque, sino a las oficinas de gestión del parking aena Santiago de Compostela.
Tras recoger su acreditación y el uniforme de alta visibilidad, comenzó el verdadero ritual de iniciación. El parking general, esa mole de hormigón de varias plantas conectada con la terminal, sería su nuevo dominio. Su supervisor le explicó que aquel lugar era mucho más que un simple aparcamiento; era la puerta de entrada y salida logística para miles de personas al día.
Su primer puesto asignado fue la garita de control, el auténtico centro neurálgico del sistema. Rodeado de monitores que mostraban docenas de ángulos de las distintas plantas y del parking de larga estancia, su primera tarea fue familiarizarse con el software. Cada vehículo que entraba, cada tique expedido, cada barrera levantada, quedaba registrado.
La teoría duró poco. La mañana avanzaba y el flujo de vehículos se intensificaba. El intercomunicador cobró vida. «El cajero no me acepta la tarjeta», decía una voz apresurada. El empleado, guiado por su mentor, tuvo que validar el tique manualmente desde el sistema central. Minutos después, otra llamada: un conductor desorientado buscando la zona de recogida de coches de alquiler.
Aprendió rápidamente que el trabajo exigía calma y eficiencia. No solo se trataba de vigilar las plazas libres. Era el responsable de solucionar problemas inmediatos: un tique perdido, una barrera que no respondía al lector de matrículas, o dar indicaciones a un peregrino que, tras terminar el Camino, no recordaba en qué planta había dejado el coche una semana atrás.
El olor a asfalto frío y a gases de escape se convirtió en el ambiente de su oficina. Observaba el ritmo constante del aeropuerto a través de las idas y venidas de los coches. Vio las despedidas apresuradas en la zona «Exprés» y la descarga paciente de maletas de familias que iniciaban sus vacaciones. Al finalizar su primer turno, el nuevo empleado comprendió que su labor era esencial. Era un facilitador silencioso, el primer y último eslabón en la cadena de un viaje.