Vivir en Vilagarcía de Arousa tiene privilegios indiscutibles: el paseo marítimo, la cercanía de la ría, la gastronomía… Pero hay una realidad que todos los que vivimos aquí conocemos bien y que no sale en las postales turísticas: la humedad. Ese frío húmedo que se te mete en los huesos en invierno y que solo se cura con una buena calefacción o una ducha hirviendo.
Por eso, cuando el martes pasado giré el grifo de la ducha y el agua salió tan fría como la ría en enero, entré en pánico.
Me acerqué al calentador, situado en la cocina, esperando ver la llama piloto o escuchar el característico zumbido del gas. Nada. Solo un silencio preocupante y una luz roja parpadeando con un código de error que no entendía. Ahí empezó mi pequeña odisea.
Lo primero que haces es lo obvio: Google. Busqué «reparación calentadores en Vilagarcía«. Salieron decenas de resultados, pero aquí está el truco: la mayoría eran centralitas nacionales o empresas de Vigo y Santiago que te cobran un extra desorbitado por el desplazamiento. Yo necesitaba a alguien de aquí, de O Salnés, alguien que pudiera venir hoy, no la semana que viene.
Llamé a tres números. El primero no lo cogió. El segundo me dijo que no tenía hueco hasta dentro de cuatro días (¿cuatro días duchándome con agua fría en pleno invierno gallego? Imposible). Empecé a agobiarme. La casa se estaba enfriando y la perspectiva de una noche sin calefacción no era agradable.
Finalmente, decidí recurrir a la red social más antigua y efectiva: preguntar a los vecinos. Bajé a la panadería de mi barrio, esa donde te enteras de todo. Al comentar mi desgracia, la dueña no dudó: me dio el teléfono de un técnico local, de los de toda la vida, de esos que no tienen una web con diseño moderno pero que tienen la agenda llena por el boca a boca.
La diferencia fue abismal. Cuando llamé, me atendió una persona, no una máquina. Le expliqué que vivía cerca del centro y que el calentador había muerto. «Me pilla terminando un servicio en Carril, en media hora estoy ahí», me dijo. Casi lloro de la emoción.
Cuando llegó el técnico, fue directo al grano. Nada de rodeos ni de intentar venderme una caldera nueva de buenas a primeras. Abrió la carcasa, revisó la presión y limpió los inyectores. Me explicó que, con la humedad de nuestra zona, los sensores suelen sulfatarse si no se hace un mantenimiento anual, algo que yo, por dejadez, había ignorado completamente.
En menos de cuarenta y cinco minutos, escuché el sonido más hermoso del mundo: el clic-whoosh de la llama encendiéndose.
La factura fue justa. Pagué por el conocimiento y la rapidez, no por kilómetros de desplazamiento innecesarios. Aprendí una lección valiosa ese día: en ciudades como la nuestra, tener a mano el contacto de profesionales locales de confianza es tan importante como tener un buen seguro. No solo apoyas la economía de la zona, sino que obtienes una respuesta mucho más ágil.
Esa noche, mientras el agua caliente y el vapor llenaban el baño, valoré como nunca antes el simple hecho de tener un calentador que funciona. A veces, no nos damos cuenta de lo esencial que es el confort en casa hasta que una luz roja parpadeante nos lo arrebata.