Debo confesar algo que me produce cierta vergüenza, no tengo ni la más remota idea de dónde están las islas cíes. El nombre me suena, claro. Resonaba en mi cabeza como un eco lejano de conversaciones sobre viajes, asociado a palabras como «paraíso», «arena blanca» y «la mejor playa del mundo». Pero si me hubieran presionado para señalarlas en un mapa, mi dedo habría temblado, dubitativo. ¿Quizás en Baleares? ¿Cerca de Canarias, tal vez? Por el exotismo del nombre, a veces incluso las llegué a situar mentalmente en algún lugar perdido del Mediterráneo, quizás Grecia.
Eran mi gran punto ciego geográfico. Un lugar del que todos hablaban, pero que para mí existía solo en la teoría.
La revelación fue tan simple como embarazosa. Estaba planeando un viaje al norte de España y alguien sugirió: «Tienes que ir a las Cíes, están justo frente a Vigo». Me quedé helado. ¿Vigo? ¿En Galicia? ¿En el Atlántico? No podía ser. El paraíso del que tanto había oído hablar no estaba en una isla tropical remota, sino allí mismo, en la costa gallega que tantas veces había pasado por alto.
La urgencia por conocerlas se apoderó de mí. Reservé el billete de barco con una mezcla de emoción y culpa por mi ignorancia. El trayecto desde el puerto de Vigo fue corto, pero sentí cómo el aire cambiaba. La brisa marina traía un olor limpio, salado, y de repente, emergieron del océano. Eran más verdes y montañosas de lo que había imaginado.
Entonces, desembarqué. Pisé la arena de la playa de Rodas y todo lo que había oído se quedó corto. El blanco de la arena era casi irreal, fino como el talco. Y el agua… El agua era de un color turquesa caribeño, pero con una transparencia y una frialdad que te recordaban sin piedad que esto era el Atlántico. Era un Caribe salvaje, sin edulcorar.
Caminé por la orilla, con el agua helada lamiendo mis tobillos, y me reí de mí mismo. Había pasado años buscando la belleza en destinos lejanos, imaginando paraísos exóticos, cuando tenía esta joya absoluta, este espectáculo de la naturaleza, justo aquí. Había tardado demasiado, pero por fin había descubierto el secreto mejor guardado de mi propio mapa.