El silencio tras la última marea: el fin de temporada en las Cíes

Hay una fecha invisible en el calendario de finales de septiembre en la que las Illas Cíes cambian de piel. Durante tres meses de verano, el archipiélago late a un ritmo frenético: el desembarco continuo de catamaranes en el muelle de Rodas, el rumor constante de voces y risas en la orilla, las toallas de colores tapizando la arena y ese ir y venir incesante de mochilas, sombrillas y protectores solares. Sin embargo, cuando se aproxima el cierre formal de la temporada alta, el aire adquiere una densidad diferente, como si el propio océano y la tierra respirasen aliviados preparándose para un largo letargo.

Tuve la fortuna de viajar en uno de los últimos barcos regulares antes de que las frecuencias diarias se suspendieran. Desde el momento de zarpar en la estación marítima de Vigo, la travesía anticipaba ya un viaje muy distinto al de julio o agosto. A bordo apenas éramos una veintena de personas: un par de parejas de senderistas con ropa de abrigo ligera, algún aficionado a la ornitología pertrechado con prismáticos de largo alcance y varios trabajadores del Parque Nacional que subían para coordinar el repliegue. No había prisas en cubierta ni peleas por encontrar un hueco junto a la borda; solo una calma atenta frente al azul profundo de la ría.

Pisar el muelle con las islas semivacías es una experiencia sobrecogedora. La playa de Rodas se extendía ante mis ojos limpia, desnuda, con esa arena de harina blanca completamente intacta, apenas marcada por las huellas de las gaviotas patiamarillas y los cormoranes que ya han recuperado su territorio sin intermediarios. Caminar por la pasarela de madera que bordea el lago dos Nenos en soledad absoluta te permite escuchar sonidos que el bullicio estival asfixia: el crujido del viento entre los juncos, el chapoteo leve de los alevines en el agua mansa y el eco lejano del mar abierto rompiendo contra la cara oeste de los acantilados.

Aproveché para subir despacio hasta el faro principal de O Faro. En verano, esa ascensión en zigzag puede ser un goteo continuo de excursionistas esquivando el sol implacable; aquel día, en cambio, la subida fue un diálogo íntimo con el paisaje. El sol otoñal caía templado, sin abrasar, bañando los tojos y los peñascos de granito con una luz dorada y suave que afinaba los contrastes de la ría hasta Cabo Silleiro. Desde la cumbre, sentado junto al muro de piedra del faro, contemplar el Atlántico sin una sola motora recreativa en el horizonte devolvía a las islas esa condición primigenia de santuario indomable que las hizo míticas.

Al caer la tarde, el sonido de la bocina del barco de regreso rasgó el aire con tono de despedida formal. Mientras la embarcación soltaba amarras y se alejaba dejando una estela blanca hacia tierra firme, me quedé apoyado en la popa mirando cómo la silueta oscura de las Cíes se recortaba contra un cielo violeta. Las islas se quedaban atrás, cerrando sus puertas a las multitudes para entregarse a las mareas vivas, al viento bravo del invierno y a su propia soledad salvaje. Ser testigo de ese repliegue final es un privilegio silencioso: el recordatorio de que los paraísos más auténticos sólo se conservan vivos si sabemos devolverles su silencio a tiempo.

Esta entrada fue publicada en Viajes.